Quien recorre actualmente las calles de Tomelloso no tarda en encontrarse con una imagen singular: altas torres de ladrillo rojo que sobresalen por encima de viviendas, plazas y edificios. Algunas superan los 40 metros de altura y forman parte del paisaje urbano de la localidad. Son las chimeneas de las antiguas destilerías de alcohol, una huella del pasado industrial de Tomelloso que llegó a contar con cerca de un centenar de estas construcciones. En la actualidad se mantienen en pie 19 chimeneas de gran tamaño y otras 13 de menores dimensiones.
El origen de estas estructuras está estrechamente ligado a la importante actividad vitivinícola que experimentó Tomelloso desde la segunda mitad del siglo XIX. El crecimiento de la producción de vino hizo necesario buscar nuevas formas de aprovechar los excedentes que no podían absorber los mercados de vino embotellado. Así comenzaron a proliferar las destilerías, que transformaban el vino en alcohol mediante sistemas de destilación formados por columnas y conducciones de cobre y acero.
La expansión de las relaciones comerciales entre los países mediterráneos y el norte de Europa favoreció además la demanda de estos productos. El alcohol se utilizaba para reforzar los vinos y permitir que soportaran las largas travesías por mar, mientras que las llamadas holandas, obtenidas durante el proceso de destilación, se empleaban como materia prima para la elaboración de aguardientes.
El desarrollo de esta industria alcanzó uno de sus momentos de mayor esplendor hacia 1950, cuando Tomelloso llegó a disponer de unas 60 destilerías en funcionamiento y alrededor de un centenar de chimeneas que se integraban en el perfil de la ciudad.
La considerable altura de estas torres respondía a una necesidad eminentemente práctica. Las chimeneas, que podían alcanzar los 20, 30 e incluso 45 metros, aprovechaban la altura para generar una mayor corriente de aire y favorecer la evacuación del humo, evitando que este descendiera sobre las calles y las fachadas de las viviendas.
Las chimeneas de mayor tamaño estaban vinculadas a las grandes calderas utilizadas en las destilerías. Estas instalaciones, alimentadas principalmente con leña o carbón, proporcionaban el calor necesario para el proceso de destilación. Por su parte, las torres de menos de 20 metros se asociaban a equipos de menor capacidad destinados a la producción de holandas y aguardientes, que habitualmente utilizaban leña como combustible, al generar un humo menos denso que el carbón.
Su construcción requería, además, una notable especialización. Los maestros encargados de levantarlas no solo debían garantizar una correcta evacuación de los humos, sino también conseguir que las chimeneas se convirtieran en elementos destacados dentro del conjunto de la destilería.
Para ello se empleaban ladrillos de gran calidad y un mortero especialmente preparado a partir de arena, cal y cemento. Esta combinación permitía a las estructuras soportar las elevadas temperaturas generadas por las instalaciones sin sufrir daños ni agrietarse.
Hoy, las chimeneas que todavía permanecen en Tomelloso constituyen uno de los principales testimonios visibles de aquella actividad industrial y de la importancia que la producción vitivinícola y la destilación llegaron a tener en la historia económica y urbana de la localidad.
Dos apellidos se repiten en casi todas las historias: Goig y Jareño. El valenciano José Goig Lorente firmó, entre otras, una de las primeras chimeneas que construyó en la ciudad, la de Casajuana (1942, 35 metros), a la que en 1951 se sumó una segunda obra de Antonio Jareño; juntas forman uno de los mejores conjuntos de patrimonio industrial de Tomelloso. El propio Jareño dejó su firma más personal en la chimenea de Fábregas (1964), de más de 40 metros, a la que él mismo llamaba “la retorcida”. Bajo la dirección de Goig se levantó también, en 1950, la de Domecq, encargada por la destilería jerezana del mismo nombre y considerada una de las más destacadas de toda La Mancha. Las dos pequeñas “Gemelas” de la bodega Peinado recuerdan, por su parte, que la actividad destiladora en Tomelloso arrancó ya en 1820. Y la última chimenea que se construyó en la ciudad, la de Eugenio Navarro, es también la más singular: se levantó en 1985 no para dar salida al humo de una destilería, sino en memoria de otra chimenea derribada en la antigua bodega de Antonio Fábregas, y hoy cumple una función bastante más doméstica: la salida de humos de la caldera de calefacción de una urbanización. Hoy, ninguna de estas chimeneas destila ya alcohol. Los depósitos de acero inoxidable y los sistemas de temperatura controlada dejaron obsoleto aquel modelo industrial. Pero las 19 grandes y las 13 pequeñas que se conservan siguen ahí, firmes, señalando el sitio exacto donde estuvo cada destilería, aunque el edificio haya desaparecido. Recorrer la Ruta de las Chimeneas es, en realidad, leer un plano invisible de lo que fue Tomelloso: un pueblo que, para dar salida a su vino, aprendió a levantar ladrillo hacia el cielo con la misma paciencia con la que sus vecinos excavaban cuevas bajo sus pies.










